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Romana Kryzanowska y el juicio que liberó la palabra Pilates

En el verano de 2000, la heredera directa de Joseph Pilates se sentó en un tribunal de Manhattan y respondió una pregunta rutinaria. Su respuesta hundió el monopolio legal sobre el nombre del método — y abrió la puerta a la industria que hoy conocemos.

En el verano de 2000, Romana Kryzanowska entró en un tribunal federal del Distrito Sur de Nueva York no para enseñar, sino para responder preguntas. Tenía setenta y seis años y era, con diferencia, la persona viva con la relación más directa con Joseph Pilates: alumna suya desde los dieciséis, su protegida durante décadas, la directora que él mismo había designado para el estudio de la Octava Avenida antes de morir en 1967. Cuando el abogado le preguntó a qué se dedicaba, contestó sin darle más vueltas: enseño Pilates. Tres palabras rutinarias que, según coinciden varias crónicas del juicio —no hemos podido cotejarlas contra la transcripción judicial primaria, pero se repiten de forma consistente en los relatos del sector—, resultaron decisivas para que un juez declarara que esa palabra no le pertenecía a nadie.

Kryzanowska había nacido el 30 de junio de 1923 en Farmington, Michigan, hija de un artista de Detroit. Estudiaba ballet en la escuela de George Balanchine cuando, a los dieciséis años, una lesión de tobillo la llevó —por indicación del propio Balanchine, que confiaba en el ejercicio antes que en el bisturí— al estudio de un alemán fornido que había bautizado su método como Contrology. El tratamiento funcionó. Se quedó. En 1944 se casó con Pablo Mejía y pasó más de una década en Perú enseñando y bailando; regresó a Nueva York en 1958 y volvió al estudio de la Octava Avenida, donde Joseph Pilates la nombró directora antes de morir. Ella y Clara Pilates sostuvieron el negocio hasta 1970, cuando pasó a llamarse formalmente The Pilates Studio bajo la dirección de Kryzanowska.

El problema empezó con el propio nombre. En 1988, según recoge su biografía, la propia Kryzanowska registró el término «Pilates» como marca. Cuatro años después, en 1992, un antiguo cliente del estudio llamado Sean Gallagher adquirió los derechos sobre «Pilates Studio» y sobre la marca de servicios de instrucción, y empezó a hacer algo que nadie antes se había atrevido: reclamar dinero. Envió cartas de cese y desistimiento a profesores, estudios y fabricantes de aparatos que usaban la palabra sin pagarle licencia. Muchos, intimidados, cerraron o cambiaron de nombre. Uno no lo hizo: Ken Endelman, dueño de Current Concepts, Inc. —el fabricante que hoy conocemos como Balanced Body—, se negó a pagar y a callar. En 1996, Gallagher lo demandó. El caso se llamaría Pilates, Inc. v. Current Concepts, Inc.

Enseño Pilates. Tres palabras rutinarias resultaron decisivas para que un juez declarara que esa palabra no le pertenecía a nadie.

El juicio llegó a la sala de la jueza Miriam Goldman Cedarbaum en junio de 2000, tras cuatro años de litigio. Kryzanowska, que en algún momento de los noventa había mantenido una relación comercial con la organización de Gallagher —relación que terminaría rompiendo, para fundar más tarde su propio programa de certificación junto a su hija Sari y su nieta Daria—, subió al estrado. No fue la testigo estrella de nadie: fue, simplemente, la persona con más autoridad viva para decir qué es «Pilates» y qué no. Y lo que dijo bajo juramento fue lo que cualquiera de sus alumnos le habría oído decir en un ascensor: que enseñaba Pilates, sin más, como quien dice que enseña yoga o que da clases de piano.

El 19 de octubre de 2000, en una sentencia de noventa y tres páginas, la jueza Cedarbaum falló que las marcas registradas sobre «Pilates» eran inválidas y ordenó a la Oficina de Patentes y Marcas cancelarlas de inmediato. El razonamiento tenía varios frentes: si alguna vez existió una marca legítima sobre el aparataje, había sido abandonada mucho antes de que Gallagher la registrara —y su registro, además, se había obtenido mediante representaciones falsas ante la propia oficina de marcas—; la marca sobre los servicios de instrucción se había cedido de forma inválida, sin el negocio y el prestigio que la ley exige que acompañen a toda cesión de marca. Pero el núcleo del fallo era más simple y más contundente: «Pilates», a esas alturas, era un término genérico. Designaba un método, no una empresa. Y un término genérico no se puede monopolizar, lo diga quien lo diga desde un estrado.

La sentencia liberó la palabra para cualquiera. Desde 2000, ningún profesor, estudio o fabricante necesita licencia para llamar «Pilates» a lo que enseña o vende — una condición legal que, sin proponérselo, sentó las bases del crecimiento que hoy mueve a casi doce millones de practicantes solo en Estados Unidos. Kryzanowska, por su parte, no salió del tribunal con la propiedad de la palabra, sino con algo distinto: la autoridad para seguir formando profesores bajo su propio nombre, que es lo único que, en última instancia, nunca estuvo realmente en juego. Murió en Nueva York el 30 de agosto de 2013, a los noventa años. La frase que dijo bajo juramento sigue siendo, hoy, literalmente cierta para cualquiera que quiera decirla.

Cuaderno de campo

  • 1992Año en que Sean Gallagher adquiere las marcas «Pilates Studio» y de servicios de instrucción.
  • 93Páginas de la sentencia de la jueza Cedarbaum que declara «Pilates» un término genérico.
  • 19 oct. 2000Fecha del fallo que ordena cancelar el registro de las marcas.
FuentesPilates, Inc. v. Current Concepts, Inc., 120 F. Supp. 2d 286 (S.D.N.Y. 2000) — sentencia de la jueza Miriam Goldman Cedarbaum, 19 de octubre de 2000 (CourtListener, Leagle) · Balanced Body / pilates.com, «The Pilates Trademark Lawsuit» · Wikipedia, «Romana Kryzanowska». La frase citada en el cuerpo del artículo se repite de forma consistente en varias crónicas periodísticas e industriales del caso; no ha podido cotejarse contra la transcripción judicial primaria.

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