El gimnasio de la Octava Avenida
En la primavera de 1926, Joseph Pilates desembarcó en Nueva York sin estudio propio. Lo que encontró en el 939 de la Octava Avenida fue un gimnasio de boxeadores — y ahí, entre puños y bailarinas lesionadas, se fraguó su primera clientela.
En la primavera de 1926, Joseph Pilates desembarcó en Nueva York a bordo del S.S. Westphalia sin estudio, sin alumnos y sin el nombre que su método tardaría años en encontrar. Tenía cuarenta y tres años, una vida entera de reinventarse el propio cuerpo y una dirección: el 939 de la Octava Avenida, en Manhattan.
El edificio no tenía nada de templo del bienestar. Décadas antes había sido cochera de carruajes; luego, estudios de artistas y salas de ensayo para violinistas y cantantes; en un momento tuvo hasta un fabricante de bicicletas en el segundo piso. Para cuando Pilates llegó, una parte del inmueble funcionaba como gimnasio de boxeo. No fue casualidad que acabara allí: había boxeado desde joven —se lo enseñó su padre—, había peleado profesionalmente en Alemania a principios de los años veinte y, según una publicación especializada de la época, Box-Sport, ya en 1920 era “bien conocido por todos los boxeadores y deportistas que habían estado internados en Inglaterra”. Llegaba a Nueva York con reputación, aunque todavía sin negocio propio.
Conviene decirlo con precisión: la leyenda cuenta que Pilates abrió su estudio en el 939 de la Octava Avenida nada más pisar Manhattan, en 1926. Lo que documenta la investigación histórica es más modesto —y más interesante—: el estudio aparece por primera vez en el callejero comercial de la ciudad en 1929. Entre medias hay un tramo de tres años en los que, probablemente, Pilates fue un huésped más dentro del gimnasio de boxeo ya existente, ganándose un rincón antes de tener uno propio.
No abrió un templo del bienestar. Compartió un gimnasio de boxeadores.
Sus primeros clientes documentados llegaron por esa puerta: boxeadores que buscaban el mismo control corporal que él predicaba desde joven. Un periódico de Pensilvania, el Daily Republican de Monongahela, publicó en febrero de 1934 que el boxeador Charlie Massera había entrenado con Pilates durante tres meses antes de subir al ring contra Jack Dempsey, y que gracias a ello pudo encajar un golpe al estómago sin doblarse. Es una anécdota de prensa de la época, no un estudio clínico —hay que leerla como tal—, pero retrata bien qué tipo de reputación se estaba construyendo Pilates puerta con puerta con los cuadriláteros.
La segunda ola de clientela llegó por el mismo edificio, desde el otro extremo del espectro físico: el inmueble albergaba también estudios de danza y salas de ensayo, y el boca a boca entre bailarines lesionados hizo el resto. George Balanchine, que fundaría más tarde el New York City Ballet, entrenaba “en casa de Joe” —así lo llamaba— desde los años treinta, y enviaba allí a sus alumnas cuando se lesionaban. El caso mejor documentado es de 1941: Balanchine remitió a una alumna de dieciséis años de la School of American Ballet, con una lesión de tobillo, con la esperanza de evitarle una cirugía. Se llamaba Romana Kryzanowska, y años después sería una de las figuras que llevaría el método, intacto, hasta bien entrado el siglo XXI —incluida España, donde en 1993 formaría a la primera generación de instructores en Alcalá de Henares.
Boxeadores por un lado, bailarines por otro: dos públicos que casi nunca se cruzan terminaron entrenando bajo el mismo techo, por la razón más prosaica posible —compartían edificio—, y salieron de allí convencidos de la misma idea: que el control del cuerpo entero valía más que el músculo aislado. Ese fue el verdadero capital con el que Pilates llegó a Nueva York. Todavía no tenía estudio propio. Tenía ya, sin embargo, la prueba de que su método funcionaba con cuerpos que se ganaban la vida rompiéndose.