Imagen generada con IALos Elders: el linaje que Joseph Pilates dejó sin testamento
Solo dos personas recibieron alguna vez un certificado firmado por la mano de Joseph Pilates. El resto de quienes hoy llamamos «los Elders» aprendieron con él sin ningún papel de por medio — y de esa ambigüedad nacieron las escuelas que hoy se disputan su legado.
Empecemos por el dato que más suele sorprender: de todos los alumnos que pasaron por el estudio de Joseph y Clara Pilates en el número 939 de la Octava Avenida, solo dos llegaron a tener en la mano un documento firmado por él que dijera, formalmente, que estaban autorizadas a enseñar el método. Fueron Kathy Grant y Lolita San Miguel, certificadas el 2 de febrero de 1967 a través de un programa gestionado por la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY). Joseph Pilates murió ocho meses después. Todos los demás nombres que hoy se agrupan bajo la etiqueta «los Elders» —los profesores de primera generación, los que estudiaron con él en persona— lo hicieron sin ese papel. Aprendieron por acumulación de horas, por cercanía, por haber sido, muchas veces, sus propios pacientes.
Eso no los hace menos legítimos. Los hace, simplemente, herederos de una tradición oral, en una época en la que «certificación» todavía no era una palabra que le importara a nadie.
Cinco vidas, cinco maneras de entender el mismo método
Romana Kryzanowska (1923–2013) llegó al estudio como paciente, no como discípula: una lesión de tobillo mientras estudiaba ballet con George Balanchine la llevó, a los dieciséis años, hasta Joseph Pilates. Se quedó. Tras la muerte de Joseph en 1967, su viuda Clara siguió al frente del estudio unos años más; en 1970, Romana se convirtió en directora de lo que ya se llamaba The Pilates Studio. Fue la guardiana de lo que hoy se conoce como Pilates Clásico: el orden exacto, el vocabulario exacto, el repertorio tal y como ella recordaba haberlo aprendido.
Kathy Grant (1921–2010) —una de las dos con certificado firmado— llegó buscando tratamiento para una lesión de pie y rodilla a mediados de los años cincuenta. Fue pionera doble: mujer negra en una profesión entonces abrumadoramente blanca, y profesora durante décadas en la Tisch School of the Arts de la Universidad de Nueva York, donde ocupó una plaza docente desde 1988 hasta el final de su carrera. Su enfoque, más exploratorio que dogmático, alimenta hoy buena parte de lo que se agrupa bajo la etiqueta de Pilates Contemporáneo.
Ron Fletcher (1921–2011) llegó desde la danza —bailó con la compañía de Martha Graham— y se formó con los Pilates de forma intermitente entre 1948 y 1968, un año después de la muerte de Joseph. Trasladó su estudio a Los Ángeles y añadió al método su propio vocabulario, incluido un trabajo con toallas retorcidas que todavía lleva su nombre.
Eve Gentry (1909–1994), bailarina de la compañía de Hanya Holm, llegó por dolor de espalda y rodilla y acabó trabajando junto a Joseph Pilates entre 1942 y la muerte de este en 1967. En 1955 sobrevivió a una mastectomía radical que le extirpó el músculo pectoral; con la ayuda de Pilates, volvió al trabajo avanzado en poco más de un año. De esa experiencia nació su interés por el micro-movimiento y el trabajo preparatorio para cuerpos que no podían empezar donde empezaban los demás: una semilla directa de lo que hoy es la rama rehabilitadora del método. En 1968 se trasladó a Santa Fe, Nuevo México, y abrió su propio estudio con el equipo que Pilates le había regalado.
Carola Trier, bailarina y contorsionista alemana que huyó de la Europa ocupada por los nazis, empezó a estudiar con Pilates hacia 1950. Fue, según se cuenta, la primera alumna a la que él autorizó a abrir un estudio propio —lo hizo en Nueva York en 1960—, siete años antes de que Joseph muriera. Es un dato que conviene subrayar: la dispersión del método no empezó tras su muerte. Empezó en vida, con su propio consentimiento.
La dispersión del método no empezó tras la muerte de Joseph Pilates. Empezó en vida, con su propio consentimiento.
Cómo un puñado de biografías se convirtió en una industria dividida
Cuando Joseph Pilates murió en 1967, no dejó una organización que sucediera al estudio, ni un examen que decidiera quién podía enseñar en su nombre, ni —como contamos en otra pieza de esta sección— ninguna protección legal sobre la palabra que definía el método: esa batalla, y su resolución, llegarían tres décadas después. Lo que dejó fue un grupo pequeño de personas que lo habían visto trabajar, cada una desde un cuerpo distinto y una necesidad distinta —el tobillo de una bailarina, la rodilla de un bailarín, un pecho extirpado, una espalda de contorsionista— y que, al enseñar lo que habían aprendido, enseñaron inevitablemente también su propia interpretación de ello.
De ahí nace la división que hoy estructura buena parte de la formación del sector: de un lado, el Pilates Clásico, fiel al orden que defendía Romana; del otro, el Pilates Contemporáneo, la etiqueta bajo la que conviven las variaciones de Fletcher, Grant, Gentry, Trier y tantos otros. No hubo una ruptura, ni un cisma formal, ni una fecha en la que el linaje se partiera en dos. Hubo, simplemente, un hombre que enseñó a un puñado de personas sin escribir nunca un manual de sucesión —y esas personas, con el tiempo, se convirtieron cada una en el origen de su propia escuela.
Lolita San Miguel, la otra titular de aquel certificado de 1967, sigue viva: es hoy la última Elder en pie, y la prueba de que todo esto ocurrió hace apenas dos generaciones.
Cuaderno de campo
- 2Alumnos que recibieron un certificado firmado por el propio Joseph Pilates: Kathy Grant y Lolita San Miguel, el 2 de febrero de 1967.
- 1967Año de la muerte de Joseph Pilates, ocho meses después de firmar esos dos certificados.
- 1960Año en que Carola Trier abrió, con autorización de Joseph Pilates, el primer estudio independiente del linaje — siete años antes de su muerte.