El Reformer: la cama que se convirtió en máquina universal
Antes de ser el aparato que define cualquier clase de grupo, fue una cama de hospital con muelles atados a los pies. Investigamos la patente, los talleres y las modificaciones —de Gratz a Balanced Body— que convirtieron aquel gesto de guerra en una industria que factura miles de millones.
Para quien entra a diario a una clase de grupo, el Reformer es sencillamente el aparato: el carro que se desliza sobre raíles metálicos, la barra para los pies, el manojo de muelles de colores enganchados al extremo del bastidor. Es la pieza que ha definido visualmente al método en las últimas tres décadas —la que aparece en cualquier fotografía de estudio boutique, la que sostiene el modelo de negocio de las clases en grupo—. Pero su genealogía, como la del Cadillac que ya contamos en estas páginas, es tan humilde como la de cualquier objeto nacido de la urgencia: empezó siendo una cama.
Ese origen ya lo hemos contado aquí: en el campo de internamiento de Knockaloe, durante la Primera Guerra Mundial, Joseph Pilates ató muelles a los somieres de la enfermería para que los internados postrados pudieran ejercitarse. De aquel gesto salieron, con los años, dos aparatos distintos: uno conservó la estructura vertical y se convirtió en el Cadillac; el otro se aplanó hasta convertirse en una cama deslizante con carro propio. Ese segundo aparato es el que hoy llamamos Reformer.
Una patente sin muelles
El 24 de agosto de 1925, ya instalado en Estados Unidos, Pilates presentó una solicitud de patente para lo que llamó Gymnastic Apparatus: un «carro móvil… adaptado para recibir al usuario en posición recostada», montado sobre un bastidor con raíles, con un apoyo ajustable para los hombros y una plataforma para los pies. La oficina de patentes se la concedió el 15 de marzo de 1927, con el número 1.621.477. Es, técnicamente, el documento fundacional del Reformer.
Hay un detalle que sorprende incluso a quien lleva años enseñando con esta máquina: según reconstruye el investigador Kevin Bowen a partir de los archivos de patentes, aquella primera versión registrada no usaba muelles, sino una pila de pesos como sistema de resistencia. El diseño por el que hoy se reconoce al aparato —los muelles de tensión regulable, herederos directos de los que Pilates ató a las camas de Knockaloe— llegó después, por la vía de la práctica en el estudio, no de la patente. Pilates lo bautizó Universal Reformer y lo incluyó, ya con muelles, en su libro Your Health (1934).
De la Octava Avenida a Sacramento
Gratz, el taller metalúrgico neoyorquino en activo desde 1928, fabricó en vida de Pilates una versión del Reformer en aluminio; hoy sigue siendo el único fabricante que él reconoció personalmente. Pero la producción en serie tal como la conocemos —el aparato de 80 pulgadas, con los cantos suavizados— no fue idea suya. Según Bowen, fue Romana Kryzanowska, su alumna más cercana, quien tras la muerte de Pilates en 1967 impulsó la fabricación usando su propia colección de aparatos como plantilla; incluso los primeros tiradores de cuerda, cuenta, se hacían con soportes de rollos de papel higiénico.
En 1976, en Los Ángeles, un fabricante de muebles y camas de agua llamado Ken Endelman recibió el encargo de una clienta, Isa Bohn, profesora de pilates, que le pidió un Reformer mejor que los que había en el mercado. Endelman estudió los diseños originales, consultó con otros profesores y acabó fundando lo que hoy es Balanced Body, el mayor fabricante del sector. En 1984 llegó una colaboración clave con Ron Fletcher —el bailarín que llevó el método a Beverly Hills, cuya historia también contamos en esta revista—, de la que salieron el pie ajustable y, según reconstruye Bowen, el quinto muelle amarillo, más ligero, propuesto por el profesor Stefan Frease junto con un código de hilos de colores: el antecedente directo de las gomas de colores que hoy identifican la resistencia de cada muelle.
«Yo inventé todas estas máquinas… el muelle da espacio y tiempo al cuerpo y a la mente.»
Así lo explicó el propio Pilates en una entrevista de 1946, y la frase resume mejor que cualquier folleto comercial la lógica de su invento: no una máquina de fuerza bruta, sino un dispositivo que negocia con el cuerpo, que cede y resiste a la vez.
La palabra que nadie pudo quedarse
Lo que disparó de verdad la industria fue un fallo judicial, no una patente. En el año 2000, un tribunal neoyorquino declaró que la palabra «Pilates» era un término genérico y no podía seguir registrada como marca —el juicio que, como contamos en otra pieza de esta sección, liberó el nombre del método para cualquiera que quisiera usarlo—. A partir de ahí, la fabricación de Reformers dejó de ser terreno de una sola empresa: Peak Pilates, Stott (hoy Merrithew) y Basil Pilates —fundada en 1990 como escisión de Gratz— entraron al mercado con sus propias variantes, cambiando la madera por metal, añadiendo poleas ajustables y sistemas de elevación. Del otro extremo del espectro salió el Megaformer, la versión sobredimensionada con la que el entrenador Sebastien Lagree popularizó, a partir de 2010, un formato de entrenamiento de alta intensidad que ya poco tiene que ver con la Contrology original —y que, aun así, no deja de ser descendiente directo de aquel carro sobre raíles patentado en 1927.
Cien años después de aquella solicitud de patente, el Reformer se fabrica en aluminio, fibra de carbono y madera certificada, en talleres que van de California a Turquía. Pero el mecanismo que lo hace funcionar —un cuerpo que empuja, un muelle que responde— sigue siendo, en esencia, el mismo gesto que un hombre encerrado en una isla improvisó atando resortes a una cama de hospital.